Viernes de cuentos: El compañero, de Juan José Morosoli.

Compañero más especial que aquel chileno no tuvo nunca el indio Barrios.
 
Era comedido, servicial, y hecho a entenderse con toda clase de hombres. Lo conoció en un camino, en un atardecer de junio, uno de esos atardeceres blancos y transparentes con una luna de vidrio y árboles colgados del cielo.
 
Barrios iba con una cinchada de leña. Como estaba cansado se había detenido un momento para reponerse. La ranchada estaba lejos aún. El chileno, luego de unas palabras dichas sin apremio ni preocupación, arrolló el maneador a la cintura, tomó la punta, inclinó la espalda y arrancó.
 
Barrios, tras dos o tres “deje compañero, ya basta”, sin respuesta del chileno, se resolvió a seguirlo. Iba al lado.
 
*
 
Llegaron al rancho. El chileno sin invitación previa se sentó en un escaño.
 
Barrios comenzó luego a hacer fuego, sin hacer luz en el rancho. Familiar, se movía preparando el mate, yendo en lo oscuro de un lado a otro.
 
El chileno le dejaba hacer sin hablar, tranquilo, acomodado allí, seguro de tener techo para la noche.
 
Barrios tenía la cabeza llena de preguntas. Preguntas que no le salían, no sabía por qué. ¿De dón de vendría aquel hombre? ¿A dónde iría? ¿De qué pago sería?
 
El chileno no iba, por ahora la menos, a ninguna parte. Estaba allí nomás.
 
*
 
Ya sacaba tabaco Barrios; ya él.
 
A veces, sin acuerdo, cebaba el chileno dos o tres mates. A veces Barrios. Tal que fuera costumbre aquello.
 
Era noche entrada ya, cuando el chileno convidó:
 
–¿Vamo a ver si comemo?
 
Barrios se quedó un segundo sin responder.
 
–Sí –dijo después—vamo a lavar l’estógamo… tengo nomás que fideo y chicharrone…
 
–Hacemo una sopa.
 
Ignoraba Barrios cómo iría a parar aquello.
 
El chileno afinó un palito con el cuchillo. Agudizó la punta y luego lo llevó a la boca.
 
Y como observara la atención de Barrios puesta en él, aclaró:
 
–Es costumbre…
 
Pero no alcanzaron estas palabras para defenderse de las miradas de Barrios.
 
Entonces preguntó para defenderse:
 
–¿Cómo es su gracia, compañero?
 
–¿Yo? Yo soy Jesús Barrios… ¿Y usted?
 
–¿Yo?… El Chileno.
 
Se callaron y un silencio, como un palo que fuera de pecho a pecho, los separó.
 
*
 
Barrios bajó un recado desde alguna alturita, pues se quejó y sonaron los estribos contra el piso.
 
–¿Tiene algún poncho de más, compañero?… No tengo nada más que el chuchillo para cubijarme.
 
–¿Como estée?…
 
–Pues… L’unico que puedo sacarme de lo puesto…
 
–Le doy el recao completo… tengo catre…
 
–Tonce vi’á dormir como un ministro…
 
Al tanteo comenzó el acomodo. Barrios dijo:
 
–Hoy me quedé sin querosén… El candil está seco…
 
Y el chileno:
 
–Eso pasa, como no…
 
Y después:
 
–V’iá ser algo q’usté no puede hacer por mí…
 
Y con volver, darse alguna vueltita y sacarse las alpargatas, cumplió.
 
No dijo ni “pase bien la noche”, ni nada.
 
Y se durmió como un trompo.
 
*
 
Allá como a las nueve volvió el chileno. Barrios estaba “pal centro”, allí donde la ranchada tiene su corazón: boliche, comisaría y juzgado.
 
Cuando retornó al rancho, su compañero estaba encabando un hacha que “bombió allí no más, en una solerita”.
 
–Amigo Barrios –le dijo al entrar este–, saqué licencia pa cortar en el montecito ‘e talas aquel.
 
–¿Qué va ser?
 
–Es buena época pa cortar… Vamo a hacer medidas pa carbón, canastros pa máiz… ¿Oyó?
 
–Yo tengo una changa hoy… Tengo que dir a preparar una vaquillona pa un festejo.
 
–Bueno –dijo el chileno–, le v’iá encargar las entrañas… Soy muy menudero.
 
Así no más. A los quince días él destinaba las jornadas de los dos. En la casa era número uno. Cocinaba y era limpio como un espejo.
 
Como cruza camino que era, era muy raro aquel hombre. Muy raro.
 
*
 
–Pero amigo –le decía un día Barrios a un tal Matías, empleado del boliche, muy averiguavidas, con un corte en una oreja, logrado por andar “llevando y trayendo”– no sé dar más noticias d’él… Eso. Es buscavida… más que yo. La plata pa él no vale… Es muy resuelto. Y ahí está… pa mí es especial… aura semos una yunta, terminaba.
 
–Un pollo flaco y otro gordo…
 
Continuaba Barrios:
 
–Pa mí comienza aquí el hombre… Es plantao grande… Parece que antes no hubiera estao en ningún lao. Y le v’iá decir otra cosa: no es hombre de juntar gente a su lao… ¡Es medio aruera el Chileno!
 
*
 
Al tiempo el chileno cayó al rancho con una mujer. De mañana. Barrios estaba midiendo carbón que el chileno compró puesto en el monte, a pagar al venderlo. Se lo vendió un hombre que no lo conocía siquiera…
 
–Deje compañero –dijo al llegar–, vamo a cortar romerillo pa tabique.
 
Hizo tabique y la cosa siguió como antes.
 
*
 
La mujer tenía un hijo. El rancho otro “cuerpo” y un galpón de latas para guardar carbón.
 
El chileno no abrió nunca su pasado. Nunca llegó allí quien dijera nada de él. La mujer lo conocía tanto como Barrios.
 
*
 
Una mañana de setiembre cuando Barrios amaneció, vio venir al chileno, por el camino real “aquí caigo, aquí me levanto”.
 
Nunca había pasado esto. Barrios sintió una gran tristeza cuando lo vio venir, así, a tumbos de borracho. Una tristeza y una pena que le llenaron los ojos de lágrimas.
 
El chileno se tiró a dormir.
 
De tarde se levantó, se lavó y le dijo a Barrios:
 
–Compañero, v’iá seguir…
 
–¿Lo qué v’hacer?
 
–A seguir… ¿Qué v’iá hacer aquí? ¿Eh? ¿No le parece?
 
Y se fue nomás.
 
*
 
Barrios se quedó dueño de todo. Rancho, mujer y cielo.
 
De El campo, Mardulce, 2015.
 
Juan José Morosoli nace un 19 de enero de 1899 en Minas, Departamento de Lavalleja, y muere un 29 de diciembre de 1957.
Hijo de un inmigrante suizo de profesión albañil, concurre a la escuela sólo hasta cuarto año, cuando debe abandonarla para comenzar a trabajar.
Posteriormente, en 1920 (luego de trabajar en la librería de su tío) se instala con un pequeño café en 25 de mayo y Washington Beltrán. Poco tiempo después establece el Café Suizo, donde se reunían aquel legendario grupo de Escritores Minuanos integrado por José María Cajaraville, Valeriano Magri, Julio Casas Araújo, y el propio Morosoli.
Son en 1923 sus primeras incursiones en el periodismo, bajo el seudónimo “Pepe”. A partir de allí, colabora con varias publicaciones, entre ellas: “La Unión” de Minas, y los Montevideanos “El Día”, “Mundo Uruguayo”, y “Marcha”.
Entre 1923 y 1928 escribe varias obras de teatro.
En 1928 publica dos libros de poemas: un volumen colectivo – junto a Magri, Cajaraville y Casas Araújo – titulado “Bajo la misma Sombra”, y otro, unipersonal titulado “Los Fuegos”.
En 1929 contrae matrimonio con Luisa Lupi, unión de la que nacen sus hijas María Luz y Ana María.
En 1932 publica el volumen de narrativa “Hombres”.
En 1936 aparece la que será su obra mayor: “Los albañiles de los Tapes”.
Luego, en 1944 aparece “Hombres y Mujeres”, seguido en 1947 por la primera edición de “Perico”, en 1950 “Muchachos”, y en 1953 “Vivientes”.
Con posterioridad a su muerte, aparece, en 1959 “Tierra y Tiempo”, año en que le es otorgado, en forma póstuma, el Premio Nacional de Literatura.
 
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