Viernes de cuentos: El Castigo, de Pedro Lipcovich.

Un mediodía, cuando Diego volvió de la escuela, sus padres no se dieron por enterados de su presencia: él comprendió que ya estaba siendo castigado.
 
En el almuerzo, no hubo plato para él. La madre se mostró inquieta por la tardanza de Diego. El padre la tranquilizó: “Diego tiene ya doce años”, dijo, pero también se lo notaba preocupado. La hermana mayor, como siempre, estaba en otra cosa. Diego fue a la cocina y se sirvió algo de comida. Se retiró a su cuarto, diciéndose que el castigo duraría por lo menos hasta la noche.
 
En la cena, tampoco fue tomado en cuenta. Diego experimentó rebeldía: dio un puñetazo en la mesa que hizo temblar la vajilla. La hermana lo miró. Entonces el padre tomó a la hermana por un brazo y la abofeteó. Fue la única vez en la vida que Diego vio a su padre pegar. La hermana estuvo a punto de retirarse de la mesa pero no se atrevió; permaneció con la vista fija en su plato, la cara congestionada. La madre no prestaba atención: no probaba su comida; se notaba en ella la angustia por la ausencia del hijo. Finalmente, el padre dejó la servilleta sobre la mesa y se puso de pie: “Hay que avisar al comisario”, dijo.
 
El padre volvió con el comisario, su amigo. Era evidente que lo había puesto al tanto de la situación. El comisario recorrió la casa. No miró a Diego, que estaba en silencio en su cuarto. Diego comprendía que el episodio del puñetazo en la mesa podía haberlo perjudicado y que era mejor no provocar disturbios, esperar a que la situación se disolviera por sí sola. El comisario anunció que esa misma noche iban a buscar hasta encontrarlo e intentó calmar a la madre, que no cesaba de llorar.
 
Los días siguientes fueron terribles. La madre permanecía sentada, sollozando. El padre iba y venía con fuertes taconazos. Hasta la hermana tenía una expresión abatida y derramaba lágrimas por él. Finalmente, el padre llegó con la noticia: habían encontrado su cuerpo ahogado en el río, en los rápidos. Al intentar rescatarlo, el cadáver había derivado hasta el torrente y ya no se podría recuperarlo.
 
La madre buscó el amparo de los brazos del padre. Enseguida, la hermana se unió a ellos. Diego veía el abrazo de los tres, las espaldas de las mujeres agitadas por los sollozos. Por un instante quiso acercarse, meter sus brazos como una cuña para incorporarse a ese pequeño círculo, pero comprendió que hubiera sido ridículo. Angustiado, volvió a su cuarto.
 
No habiendo cadáver, no hubo velatorio, pero sí un entierro simbólico para el cual la familia adquirió un ataúd blanco y pequeño; Diego siempre había sido menudo. Él vio pasar el ataúd y el cortejo desde las ventanas entornadas de su casa.
 
Después vino un tiempo menos agitado pero muy triste. La madre pasaba todo el día haciendo labores de bordado y suspirando. El padre se sumergió en sus negocios; sólo estaba en casa por las noches, demacrado y taciturno. La hermana salía mucho. Diego permanecía en la casa, inquieto. Los juegos infantiles lo aburrían ya, pasaba horas hojeando revistas viejas hasta aprendérselas de memoria. Una vez intentó salir: fue un mediodía; esperó a la salida de la escuela a sus antiguos compañeros. En cuanto lo vieron, huyeron espantados; todos menos uno, el más ladino, que se quedó a hacerle burlas. Entonces él también huyó, sintiendo mucho desamparo, y no paró de correr hasta que llegó a su casa.
 
La madre entraba todos los días en el cuarto de Diego. Lo ventilaba, cambiaba las sábanas semanalmente. Solía quedarse allí largas horas por las tardes, haciendo sus labores junto a la ventana. A veces levantaba la vista, miraba los viejos grabados infantiles en las paredes, la biblioteca con unos pocos libros y los ajados cuadernos escolares, y unas lágrimas corrían por sus mejillas. Diego, recostado en el suelo, leía revistas y sentía una especie de paz.
 
Él comprendía que el dolor de sus padres era sincero y que el castigo no podría durar indefinidamente. Pero la situación familiar se complicó a raíz de la mala conducta de la hermana, que inquietó gravemente a todos. Diego fue testigo de amargas discusiones. La hermana no quería entender las razones de los padres, o simulaba admitirlas para después proceder a su antojo. Diego pensaba que, si bien la hermana siempre había tenido actitudes reprochables, últimamente estaba muy afectada por el castigo de él, y especialmente por la dolorosa experiencia de su entierro, lo cual explicaba su comportamiento errático o inaceptable. Incluso una vez, en medio de una fuerte discusión, les habló, tratando de hacer valer este punto de vista, desde luego sin ser escuchado. Los conflictos con la hermana enturbiaron toda tranquilidad. La madre caminaba por la casa inquieta o exasperada, y su presencia en el cuarto de Diego era ahora ocasión de explosiones dolorosas que venían a sustituir aquella nostalgia serena. El padre dio en permanecer más tiempo en la casa, a fin de vigilar a la hija descarriada. Fueron años turbulentos aun para Diego, que no podía más que ser testigo de los acontecimientos. Es que las actividades de Diego eran muy limitadas: comía, sin mucho apetito, cuando quería; durante bastante tiempo pensó que el hecho de que siempre hubiera comida a su disposición era una manera de reconocer su presencia, hasta que hubo de recordar que en la casa siempre habían sido negligentes en ese sentido y que las quejas que ahora escuchaba, con respecto a la creciente presencia de ratas en la despensa, ya tenían lugar cuando él vivía. Además de comer, recorría la casa, miraba el cielo cambiante desde las ventanas, releía las revistas en las que de vez en cuando aparecían fotos de actrices o cantantes de las que él se valía para una actividad sexual que le era vergonzosa y frustrante, por lo cual la espaciaba al máximo.
 
Él comprendía que, en tanto la familia estuviera absorbida por los problemas referidos a la hermana, difícilmente podría esperarse cambio alguno con respecto a su propia situación. Por eso hubo de alegrarse cuando ella se puso de novia y presentó el novio a la familia. Era un extranjero, afincado en la localidad desde hacía varios años. Fue bien recibido por los padres, quienes con acierto consideraron que el noviazgo y, sobre todo, un pronto matrimonio pondrían fin a las inconductas de la hija. En la primera visita, el novio estaba ostensiblemente nervioso. Si bien era evidente que ella lo había aleccionado con respecto a Diego, el hombre por momentos no podía evitar mirarlo o manifestar una mal contenida incomodidad. Diego, por su parte, por primera vez se dijo que debía parecer un monigote, todavía con las estrechas ropas infantiles en su cuerpo largo de adolescente crecido. De hecho, poco tiempo después reemplazó esa ropa por unos trajes en desuso de su padre, que de todos modos le quedaban algo cortos y demasiado amplios.
 
Empezó un tiempo que hubiera sido de plena alegría para la familia de no ser porque, en los mejores momentos, ciertos suspiros de la madre, ciertos silencios del padre delataban el dolor por la ausencia de Diego. Tal vez no había una verdadera reconciliación entre la hija y los padres, pero los conflictos habían quedado superados por el innegable cambio producido en ella, por los preparativos para la boda, por la presencia del novio que resultó ser un hombre honesto y tratable. Diego era quizás el más feliz, comprendiendo que la próxima partida de la hermana crearía condiciones óptimas para que su situación fuera replanteada de una vez por todas. Incluso los momentos de pena que discernía en los padres levantaban su ánimo, pues demostraban que el amor de ellos hacia él no había muerto.
 
Fue sin embargo por esta época cuando Diego hizo algo que a él mismo le resultó, más que bochornoso, incomprensible. Tal vez el punto de partida fue una discusión entre los padres y la hermana, la más violenta de todas, un tiempo antes de que ella se pusiera de novia. En aquella discusión, el padre llegó a gritarle a la hermana que su lugar debía ser el prostíbulo; ella, ahogada de rabia y llanto, se fue de la mesa. La acusación no se repitió, pero reimplantó en la mente de Diego el recuerdo de ese rancho oscuro, situado en el margen de la localidad, que él había sabido atisbar desde lejos, junto a otros chicos, con una fascinación burlona y espantada. Pasaron meses. Una noche, levantándose en puntas de pie, Diego pasó al dormitorio de sus padres y robó el dinero del día, que el padre descuidadamente dejaba sobre la mesa de luz. Salió de la casa por la puerta trasera. En la calle, oscura y solitaria, parpadeó como si hubiera salido a la luz. Diego caminó sin mirar a los costados, impulsado por una fuerza que lo angustiaba hasta la sofocación. Por las calles dormidas, llegó al prostíbulo. De la puerta entreabierta brotaba una luz amarilla. Entró sin vacilar, sintiendo los latidos en su pecho. Lo recibió una mujer grande y taimada. Lo miró primero con desconfianza, después como reconociéndolo. “Pasá”, le dijo, y llamó a una muchacha de las varias que estaban sentadas en sillas –Diego no las había visto–, charlando. La muchacha desganadamente llevó a Diego a un cuarto precario. Se desnudó de la cintura para abajo y se tendió inmóvil en la cama. Diego se desvistió por completo. Inútilmente trató de acariciar, de penetrar. La mujer permanecía quieta, como adormilada. Él renunció a ella y quedó también tendido boca arriba, a su lado. “No importa”, dijo la muchacha, y le acariciaba un poco el pelo. Él se volvió hacia ella, la tomó por un brazo, la miró a los ojos. Entonces sonaron dos golpes en la puerta: el turno de Diego había terminado. Volvió del prostíbulo casi corriendo, poseído por el temor de que lo sorprendiera el amanecer o que las puertas de su casa estuvieran cerradas.
 
El padre atribuyó a su hija la desaparición del dinero, y tal fue el motivo del último y breve entredicho con ella. La hermana, ya por ese entonces próxima a casarse, se limitó a negar con desprecio. El padre, no deseando perjudicar las buenas relaciones con su hija y su futuro yerno, prefirió olvidar el episodio. Diego nunca olvidó a la muchacha del prostíbulo.
 
Las bodas de la hermana tuvieron lugar en la casa que iba a ser de la nueva pareja. Esa noche Diego, solo en su casa, caminaba a grandes pasos, esperando el regreso de los padres: alentaba la perspectiva de una inmediata conversación con ellos. Cuando los escuchó llegar, excepcionalmente se ubicó en uno de los sillones de la sala. Los padres se sentaron en el sofá, muy cerca de él. Diego los había previsto alegres pero parecían abatidos. Permanecieron largo rato en silencio. Finalmente la madre, llevándose una mano a los ojos, dijo: “Nos quedamos los dos solos”. El padre, cortando todo desborde emocional, apresuradamente le pidió que le hiciera un té, había comido demasiado y no se sentía bien. La madre se puso de pie con gesto resignado. Diego comprendió que todo intento sería en ese momento inútil. Se retiró a su cuarto sin hacer ruido, como si temiera perturbar.
 
Vinieron años sin esperanzas y sin grandes dolores. Habían vuelto las tardes tranquilas y melancólicas en las que la madre hacía sus labores en el cuarto del hijo, sólo interrumpida por los recuerdos del ausente. Las visitas de la hermana y su esposo eran espaciadas y corteses. El padre, ya envejeciendo, había vuelto a aferrarse, quizás en exceso, a su trabajo. Diego había engordado, dormía mucho, pasaba las tardes junto a su madre, releía las revistas, que ahora eran más, porque el yerno le pasaba al suegro los ejemplares ya leídos de unas revistas modernas que compraba.
 
Sólo varios años después, la hermana quedó embarazada. Fue una noticia muy alegre, y los últimos restos de rencor entre la hermana y los padres –que, aunque ocultos, permanecían– se disiparon ante la perspectiva del nieto. Diego sintió al comienzo un inexplicable fastidio pero luego se entusiasmó a su vez. Sentía que este nuevo cambio podía beneficiarlo. Por momentos, con malicia, se preguntaba cómo harían para instruir a un niño pequeño acerca de su desaparición.
 
Fue varón y sano. Pasaron varios meses hasta que Diego conoció a su sobrino. Los padres hacían visitas a casa de la hermana; cuando volvían, Diego escuchaba con avidez los comentarios; a partir del retrato construido por sus padres, el niño se le aparecía hermoso, iluminado. Un día, supo que la hermana y el cuñado les harían una visita. Los esperó con anhelo. Cuando llegaron, él estaba en la sala. Traían al bebé en un moisés. No le pareció tan lindo como decían sus padres, pero lo trajeron sus ojos vivaces; pensó que se parecía a alguien, sin poder discernir a quién. Mientras los mayores conversaban, Diego giraba en torno al moisés: con los años, había adquirido una especie de descaro. Inclinándose sobre el moisés, sonrió al bebé, que respondió a su sonrisa. Olvidado de todo, lleno de piedad, estableció un diálogo de sonrisas con el bebé que agitaba los bracitos. Y Diego hizo algo extraordinario: alzó al bebé con sus manos temblorosas. Entonces, por primera vez escuchó la voz del esposo de la hermana dirigirse a él, con miedo y cólera: “¡Qué hace!”, decía, y la sombra del hombre estaba sobre él. Diego, aterrado, estuvo a punto de dejar caer al bebé, que rompió a llorar. El hombre se lo arrebató. En un vértigo, antes de huir hacia su cuarto, Diego vio que la hermana se llevaba las manos a la cara mientras los padres, ausentes, miraban al vacío.
 
La hermana y el cuñado no visitaron ya la casa. Poco después, se trasladaron a una localidad lejana, donde a él se le habían ofrecido mejores posibilidades de trabajo. La vida se hizo monótona y algo amarga. La partida de la hija y sobre todo del nieto terminó de agriar el carácter del padre. En la madre, el antiguo sufrimiento por la pérdida del hijo se agudizaba y enturbiaba con el dolor de la lejanía de la hija y el nieto, y con la zozobra que le causaba el malhumor de su marido. Diego empezó a pensar (o más bien a comprender que siempre lo había sentido así) que su castigo no era exactamente obra de ambos padres, sino una decisión del padre que la madre, siempre sumisa, había aceptado dolorosamente. El hecho era que, con el correr de los años, la actitud del padre hacia la madre era más agresiva y humillante. Como si, ya entrado en la vejez, aquellas antiguas peleas con la hija vinieran a reproducirse con la madre de Diego, la cual, sin embargo, no daba motivos que justificaran esa violencia. Una vez, una de las tantas en que el padre gritaba a la madre y ella toleraba con paciencia, Diego se interpuso entre ellos. “¡Basta!”, escuchó decir a su propia voz, que le pareció ronca y extraña, y empezó a desgranar en defensa de la madre un argumento que a él mismo le fue resultando ridículo, mientras el padre seguía increpando a la mujer a través de Diego.
 
Empezó a odiar al padre; el odio fue ocupando sus días. Diego se veía poseído por este sentimiento, mientras las canas le iban apareciendo en el cabello y en la barba que, cada tanto, se recortaba a tijeretazos.
 
Los años siguientes volaron en la espera de la muerte del padre, cuya salud se deterioraba constantemente. A veces, Diego pensaba que no estaba bien odiar a ese hombre del que, pese a todo, conservaba recuerdos entrañables, siendo por otra parte evidente que el padre, al condenar a su hijo, se había condenado a sí mismo a una vida de sufrimiento. Pero estos pensamientos eran desestimados o más bien arrasados por la fuerza del odio hacia quien, se decía Diego, le había arruinado la vida. Por otra parte, en tanto la enfermedad del padre se agravaba y la madre, también envejecida, se veía más atareada y desamparada, Diego creía distinguir en ella, a veces, esbozos de acercamiento, como si el ineludible eclipse del hombre que había ocupado su vida la condujera finalmente a buscar la compañía de ese otro hombre, nacido de sus entrañas, que finalmente había estado tan próximo a ellos durante las décadas de su inexistencia. A menudo, Diego hubiera deseado aliviarla en sus trajines, ayudarla en las atenciones que brindaba al padre doliente, pero comprendía que no era tiempo todavía.
 
Cuando el padre se hubo agravado mucho, llegó la hermana, llamada de urgencia. A Diego le sorprendió verla ya envejeciendo. El padre murió una noche, con su mujer y su hija junto al lecho. Diego, que miraba desde la puerta, sintió una angustia sin nombre. No hubo velatorio. Cuando se llevaron el ataúd –Diego se había retirado a su cuarto y miraba desde la ventana–, no pudo dejar de recordar su propio entierro, tantos años atrás, y sintió la desdicha del tiempo transcurrido. La hermana partió esa misma tarde, llevándose algunos recuerdos del padre. Cuando la vio alejarse, Diego pensó por primera vez que ella y la madre nunca se habían querido.
 
Aun antes de que la madre y la hermana retornaran del entierro, Diego sabía ya que la muerte del padre no pondría fin al castigo. Vinieron años muy duros. La madre deambulaba por la casa vacía. Por las noches, se agitaba sin poder dormir y Diego, también insomne, escuchaba los sollozos desde su cuarto. Ella nunca se recuperó. Todavía hubo algunas tardes en que la anciana volvió a sentarse en el cuarto de Diego, osteniendo en sus manos la labor que sus ojos marchitos y entorpecidos por las lágrimas le impedían hacer, mientras el hijo a su lado leía las revistas viejísimas. Pero fueron muy pocas tardes ya.
 
Diego sufría la pena de su madre y el dolor de no poder ayudarla. Una noche, era un verano muy caluroso, la madre, entredormida, se quejaba de sed. El vaso en la mesa de luz estaba vacío y ella lo tomaba una y otra vez, buscando agua en vano, como si el vaso formara parte de una pesadilla repetida. Diego silenciosamente retiró el recipiente y lo devolvió lleno de agua. La madre, cuando su mano tocó el vaso lleno, se puso rígida: sin que abriera los ojos, una expresión alerta se formó en su cara. Apartó la mano del vaso como si hubiera tocado un reptil –así le pareció a Diego– y, olviéndose hacia el otro lado, retornó a la sed de su pesadilla.
 
La actitud de la madre llegaba a exasperar a Diego. Se preguntaba si no habría sido injusto al atribuir al padre la responsabilidad de su castigo, si acaso no habría sido la madre quien, a su manera silenciosa y subterránea, había manejado los hilos de la historia familiar. Finalmente comprendió que esas ideas eran estériles. Aun suponiendo que fuesen ciertas, la madre ya había venido pagando un altísimo precio: Diego sabía de cada una de sus lágrimas, cada uno de los espasmos de sufrimiento que, a lo largo de la mayor parte de la vida, ella había padecido por la ausencia de su único hijo varón. Y, sobre todo, ¿qué sentido tenía formular reproches a esa anciana dolorosa cuya vida se apagaba a ojos vistas?
 
Cuando la madre sintió que iba a morir, hizo venir a su hija. Ella llegó con el esposo; Diego no prestó atención a la cara ya desconocida de la hermana mayor. Encerrado en su cuarto, llorando, no presenció la muerte de la madre ni la salida del ataúd. Supo que había caído en una especie de sopor cuando lo sobresaltaron unos golpes de martillo. La hermana y el esposo, habiendo retirado ya los escasos valores y recuerdos, despreocupándose de los viejos muebles, tapiaban las puertas y ventanas. Los martillazos del cuñado resonaban en la mañana seca. Diego recorrió la casa aturdido, hasta comprender que si se quedaba adentro iba a quedar encerrado. Salió entonces, parpadeando, y el cuñado tapió la última puerta. Él y la hermana se fueron bastante apurados.
 
Diego solo en la calle desierta; el sol brillaba. Miró hacia atrás, la puerta y las ventanas cegadas. No volvió a mirarlas. El cielo era muy azul. Diego tuvo una idea. Empezó a andar, con paso cada vez más elástico. Recordaba perfectamente el camino de la escuela, como si toda su vida hubiera pensado en retomarlo. Sentía el canto de los pájaros. En las calles había muy pocas personas, y él era uno más.
 
La escuela no había cambiado mucho. Habían construido un pabellón nuevo, de estilo moderno, y estaba recién pintada. Las puertas estaban abiertas. No se escuchaban voces de chicos, y Diego supuso que era época de vacaciones. Encontró las oficinas administrativas donde habían estado siempre, cerca de la entrada. Se detuvo sintiéndose tímido. Había una sola empleada ante un escritorio, una chica muy joven. Un rayo de sol desde la ventana iluminaba el escritorio y el pelo de la chica. Al verlo, ella le sonrió y, acercándose, le preguntó qué deseaba. Él, con algún temor pero asombrado de la fluidez de su propia voz, le dijo que quería terminar de ursar la escuela primaria. Ella le contestó que era una muy buena idea, que el principal objetivo en ese momento era promover la educación de los adultos mediante planes especiales y sistemas de becas. Efectivamente estaban en época de vacaciones, pero había cursos de verano a los que se podía incorporar cuando él quisiera. Por una puerta en el fondo de la oficina había entrado una mujer grande. A Diego le pareció reconocerla, pensó que tal vez era una de sus antiguas maestras, envejecida. La mujer llamó a la empleada, que pidió disculpas a Diego; hablaron unas palabras en voz baja. Mientras la mujer se retiraba, la empleada volvió a sentarse ante su escritorio, sin mirar a Diego. Él, inmóvil, esperó un rato. Cuando, torpemente, intentó hablarle, ya sabía que ella no le respondería, que no lo miraría, que el castigo no había finalizado.
 
De Unas polillas, El cuenco de plata, 2005.
 
Pedro Lipcovich es licenciado en Periodismo, combina su profesión de periodista en el diario Página/12 con la de escritor–relatista y profesor en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Jujuy. Entre sus influencias destacan Dostoievski, Kafka, Proust y Leónidas Andriev. Ha publicado El nombre verdadero (1989), Muñecos chicos (El cuenco de plata, 2005) y Unas polillas, que va ganó el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes 2009. Redaliz recibió el Premio Internacional de Cuento “Juan Rulfo“, otorgado por el Centro Cultural de México en París y Radio France Internationale.
 
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