Viernes de cuentos: En mi casa los objetos se suicidan, de María Luisa Puga.

Ahora lo noto, pero empezó ya hace bastante. La manija de la cafetera: se partió en dos. Se derritió con el fuego. No se por qué, la habré puesto mal centrada, pero se reblandeció feamente y cuando la tomé para servir el café se rompió, dejándome unas agresivas gotas calientes en mi pie.
 
Ahora está ahí mustia. Inutilizable.
 
Después fue el botón de la televisión, el que marca los canales. Un día fue escupido por el aparato. Igual que uno con la lengua se llega a botar una tapadura. Lo volví a poner, pero gira como un loco sin querer saber nada del cambio de canales. Como si no perteneciera a este mundo. Debo utilizar unas pinzas, con riesgo de morir electrocutada. Veo muy poca televisión ahora.
 
Y el radio, pero ese es más perverso. Está ahí sonando, como si nada, y de improviso emite unos gruñidos como de carraspeo que no acaban de definirse y luego se sume en el más profundo mutismo. Al principio bastaba con darle un golpecito, una especie de palmada animosa. Recuperar el sonido y listo. Pero con el tiempo se ha ido volviendo insidioso. Gruñe, calla, cuando me voy acercar, suena. En cuanto le doy la espalda vuelve a callar. Lo he sacudido con furia infinita y me ha parecido tener ante mí a un ente enclenque, endiabladamente cínico, que me vence siempre con su sorna.
 
Y ahora los vasos. Nada más el que queda en medio, se precipita invariablemente al suelo en los momentos más inesperados. No se ha roto.
 
Y lo que ya sí fue un suicidio por tristeza o exuberancia de vida, que también explicaría el asunto, es el del carnerito. Uno de esos que se ponen en el altar de Dolores. Se llenan de agua y la superficie se llena de hojitas verdes muy alborotadas. Estaba pachón, contento, con los ojitos levemente alzados al cielo. Pero ayer, por la noche, le acababa de poner el agua, se fue de lado, y que se le rompe la pata delantera. Busqué cómo hacerle un pedestal —probé con un cigarro partido a la mitad—. Absurdo, claro, hizo un movimiento suave y solemne a medida que el cigarro se humedecía. Como si se hincara. Encontré la solución muy rápido. Metí las patas traseras entre la pared y el estante y ahí quedó: lisiado, pero muy digno.
 
Al poco rato lo oí estrellarse contra el suelo.
 
Es muy raro. Estos objetos que me ven vivir a diario me están llamando la atención. ¿Será posible que un objeto sienta conformidad, descontento? ¿Que llegue a la desesperación? ¿Que en nombre de sus hermanos, muera? Los miro detenidamente procurando hallar la causa. Están quietos, como si no hubiera otro sitio para ellos. Como si de veras pertenecieran (sic). Me cambio de ángulo. Los desplazo un poquito; introduzco cambios mínimos. Es inútil, cuando me fijo en ellos es como si me dieran la espalda.
 
Tal vez no sea a mí a quien le están hablando, sino que es un problema entre ellos —que aflora y se desarrolla cuando no estoy—. Yo veo los resultados nada más, y no sé qué hacer. ¿Cómo espiarlos para enterarme más? Y el lenguaje de los objetos cuando están solos, no debe ser captable por la grabadora (sin contar que esta es, a su vez, un objeto y los alertaría).
 
No hay manera. Soy totalmente impotente y vulnerable, además, porque podrían decidir volverse en mi contra. Digo, podría ser, ¿no? De nada sirve que yo me diga: si no les he hecho nada. Solo se puede establecer la inocencia, o la culpa, cuando hay comunicación. De no ser así, lo más probable es que uno resulte culpable o víctima.
 
Cosa que me produce horror. Quisiera detener al tiempo con un abrazo y pedirle que no se vaya tan rápido. Que mis objetos se están muriendo y yo no puedo hacer nada para remediarlo. Los sustituyo cada vez, los que puedo, pues los otros ahí van quedando, a veces más accesibles, otras menos.
 
Pero quisiera suponer que una cierta solidaridad nos une. Igual que la de los que sobreviven a los que mueren.
 
De la recopilación de textos inéditos o dispersos Cuentos, Relatos, Vuelos, 1992.
 
 
María Luisa Puga, nacida en la Ciudad de México, en 1944, y huérfana desde pequeña, su infancia transcurrió entre los puertos de Acapulco y Mazatlán, a donde se trasladó a vivir con sus abuelos. Después de establecerse por un tiempo en la Ciudad de México, a principios de 1968 se marchó a Europa, donde durante diez años residió en distintas ciudades (Roma, Londres, París) hasta finalmente establecerse por una temporada en Nairobi, Kenia. De su experiencia en aquella capital africana surgiría Las posibilidades del odio, una novela anticolonialista que le granjeó la aclamación de la crítica literaria y del público lector. En 1978 regresó a México y se afilió al Partido Comunista, por el que fue candidata a diputada suplente. Dos años después apareció su segunda novela, Cuando el aire es azul, y en 1983 se publicó Pánico o peligro, novela que la hizo merecedora del Premio Xavier Villaurrutia y la consagró como una de las más notables escritoras mexicanas. Ese mismo año conoció a Isaac Levin, quien sería su pareja hasta su muerte y con quien a mediados de aquella década, después de una segunda estancia en la capital mexicana, se mudó a una cabaña vecina del lago Zirahuén, en Michoacán: “Me fui a vivir a Zirahuén porque quería organizar mi propia austeridad, vivir en una pobreza voluntaria y controlada que me permitiera ver el proceso de crisis del país. […] Lo que escogí fue el espacio para escribir, no para ser escritora con éxito. Me estorbaría el ser excesivamente conocida, en el sentido de que dejaría de oír mi escritura y empezaría a oír mi imagen.” Fue autora de otras ocho novelas, seis libros de cuentos, seis de ensayos así como de tres obras infantiles. Murió de cáncer hepático el 25 de diciembre de 2004. Sus cenizas fueron enterradas al pie de Esteban, el árbol que creció al lado de su cabaña en el lago.
 
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