Viernes de cuentos: La casa de al lado, de Tobias Wolff.

Me despierto asustado. Mi mujer está sentada en el borde de la cama, sacudiéndome.
—Ya están igual otra vez —me dice.
Me acerco a la ventana. Tienen todas las luces encendidas, en el piso de arriba y en el de abajo, como si les sobrara el dinero. Él vocifera, ella le contesta a gritos, el perro ladra. Hay un breve silencio, luego el bebé se echa a llorar, pobrecito.
—No te quedes ahí —dice mi mujer—. Podrían verte.
—Voy a llamar a la policía —digo, sabiendo que no me dejará.
—No —dice.
Teme que envenenen a nuestro gato si nos quejamos.
En la casa de al lado el hombre sigue vociferando, pero no entiendo lo que dice debido a la barahúnda del perro y del bebé. La mujer se ríe, pero no de veras, «¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!», y de repente da un grito breve y agudo. Se hace el silencio.
—Le ha pegado —dice mi mujer—. Lo he sentido como si me hubiera pegado a mí.
En la casa de al lado el bebé lanza un vagido y el perro empieza a ladrar de nuevo. El hombre sale al jardín y cierra la puerta de su casa de un portazo.
—Ten cuidado —dice mi mujer. Se mete en la cama y se tapa hasta el cuello.
El hombre farfulla y da tirones a la cremallera de su bragueta. Finalmente consigue abrirla y se acerca a nuestra valla. Es una valla blanca, de madera, más decorativa que otra cosa. No puede impedir que entre alguien. La hice yo mismo y planté madreselva y buganvilia todo a lo largo.
—¿Qué está haciendo? —pregunta mi mujer.
—Shh —digo.
Se apoya en la valla con una mano y con la otra orina sobre las flores. Camina a lo largo de la valla de esa manera, sin perdonar ni una. Cuando termina se sacude la Florida, luego se sube la cremallera y vuelve a cruzar el jardín. Casi resbala en la grava del camino, pero recobra el equilibrio, maldiciendo, y entra en la casa dando otro portazo.
Cuando me vuelvo mi mujer está inclinada hacia delante, mirándome.
—¿Otra vez? —dice.
Asiento con la cabeza.
—¿Número uno o número dos?
—Número dos.
—Menos mal —dice, tumbándose de nuevo—. Entre él y el perro es asombroso que consigas que crezca nada ahí.
Leí en alguna parte que el grado de acidez de la orina humana es más alto que el de la orina animal, pero no lo comento. Preferiría hablar de otra cosa. Me deprime pensar en las flores. No están en su mejor momento, pero de todas formas… En la casa de al lado la mujer está gritando de nuevo.
—Escúchala —digo.
—Antes me daba pena —dice mi mujer—. Pero ya no. Después de lo del mes pasado, no me da ninguna pena.
—A mí me pasa igual —digo, tratando de recordar qué sucedió el mes pasado que hizo que mi mujer dejara de sentir pena por la mujer de al lado. A mí tampoco me da pena, pero la verdad es que nunca me la dio. Le chilla a su hijo y, sintiéndolo mucho, no estoy dispuesto a preocuparme por alguien que trata así a un niño. Grita frases como ¡Creía haberte dicho que te quedaras en tu cuarto! Cuando el crío ni siquiera sabe hablar todavía.
Por lo que respecta a su físico, supongo que se podría decir que es guapa. Pero no le durará. No tiene una buena estructura ósea. Hay algo blando en su aspecto, como si nunca hubiera comido otra cosa que donuts y batidos. Tiene la piel blanca. El niño sale a ella; no es que uno esperara que se pareciera a él, moreno y peludo. Aun con la camisa puesta, se nota que tiene vello por toda la espalda y los hombros, espeso y rizado como el de un perro Airedale.
Ahora están todos armando ruido a la vez y, encima, tienen puesto el tocadiscos a todo volumen. Uno de esos conjuntos.
—Es el crío el que me da pena —digo.
Mi mujer se tapa los oídos con las manos.
—No lo aguanto ni un minuto más —dice. Se aparta las manos de la cabeza—. Puede que haya algo en la tele. —Se sienta en la cama—. Vamos a ver quién está en el programa de Johnny.
Enciendo la televisión. Solía estar abajo, en el estudio, pero la traje aquí hace unos años cuando mi mujer cayó en cama con una enfermedad. La cuidé yo mismo, haciendo las comidas y todo lo demás. Llegué a aprender a cambiarle las sábanas sin que ella se levantara de la cama. Siempre pensé volver a llevar la televisión al piso de abajo cuando mi mujer se repusiera de su enfermedad, pero nunca lo hice. Está colocada entre las dos camas en una mesita que hice yo. Johnny le está diciendo algo a Sammy Davis, Jr. Ed McMahon se está partiendo de risa. Siempre es tan alegre… Si uno fuera a hacer un viaje muy largo por mar no le vendría mal llevarse a Ed McMahon como compañero.
—Sammy —dice mi mujer—. ¿Quién más hay aparte de él?
Miro la guía de la tele.
—Un montón de gente que no conozco de nada —leo en voz alta sus nombres. Mi mujer tampoco los conoce. Quiere saber qué otros programas hay—. «El Dorado» —leo—. «Ágil historia de aventuras sobre un grupo de ciudadanos en busca de la legendaria ciudad de oro». Tiene dos estrellas y media.
—¿Ciudadanos de dónde? —pregunta.
—No lo dice.
Finalmente vemos la película. Un ciego llega a una pequeña ciudad. Dice que ha estado en El Dorado y que encabezará una expedición para ir allí y repartirse las ganancias. No ve pero les irá indicando los puntos señalados del camino a medida que se acerquen a ellos. Al principio la gente se burla de él, pero luego todos los ciudadanos importantes se reúnen y deciden intentarlo. Nada más emprender el viaje les atacan los apaches y algunos de ellos quieren regresar, pero cada vez que están dispuestos a retroceder, el ciego les dice otro punto señalado, así que continúan cabalgando.
En la casa de al lado la mujer está enloquecida. Le está diciendo cosas al hombre que ninguna persona debería decirle a otra. Esto pone nerviosa a mi mujer. Me mira.
—¿Puedo pasarme a tu cama? —me pregunta—. Sólo para hacerte una visita.
Levanto las mantas y ella se mete debajo. La cama es bastante ancha para uno, pero dos estamos apretadísimos. Nos tumbamos de lado, yo detrás de ella. Sin que yo me lo proponga, al poco rato la Florida se me empieza a poner tiesa. Abrazo a mi mujer. Subo las manos hasta las Montañas Rocosas, luego voy bajando por las Llanuras camino del Sur.
—Eh —dice—. Nada de geografía. Esta noche, no.
—Lo siento —digo.
—¿Es que no puedo venir sólo de visita?
—Olvídalo. Ya he dicho que lo siento.
Los ciudadanos van cruzando un desierto. Acaban de quedarse sin agua y tienen los labios agrietados. Aunque el ciego les ha advertido, alguien bebe de un pozo envenenado y muere con horribles dolores. Esa noche, alrededor de la hoguera, los otros empiezan a pelearse. La mayoría de ellos quiere volver a casa. «Éste no es lugar para el hombre blanco» —dice uno—, «y si queréis saber lo que pienso, nadie ha estado aquí antes». Pero el ciego les describe un pedazo de oro tan grande y tan puro que te quema los ojos si lo miras directamente. «Sé muy bien lo que me digo», añade. Cuando termina de hablar los ciudadanos guardan silencio. Uno por uno se alejan de él y se tumban en sus mantas. Cruzan las manos detrás de la cabeza y miran las estrellas. Un coyote aúlla.
Al oír al coyote, recuerdo por qué a mi mujer ya no le da pena la mujer de al lado. Fue un lunes por la tarde, hará un mes, justo cuando yo acababa de volver a casa después del trabajo. El hombre de al lado empezó a pegar al perro, y no quiero decir que le diera un cachete o dos. Le dio una paliza y siguió golpeándole hasta que el perro ya no podía ni quejarse; oías que al pobre animal se le quebraba el gemido. Nos disgustó mucho, especialmente a mi mujer, que es una amante de los animales desde hace mucho tiempo. Finalmente paró. Luego, unos minutos después, oí que mi mujer exclamaba «¡Oh!» y fui a la cocina a ver qué pasaba. Estaba junto a la ventana, desde la cual se ve la cocina de la casa de al lado. El hombre había acorralado a su mujer contra la nevera. Tenía la rodilla entre sus piernas y ella tenía la suya entre las piernas de él y se estaban besando, con mucha fuerza, no sólo con los labios sino moviendo las cabezas de acá para allá una contra otra. Mi mujer casi no pudo hablar durante un par de horas después de eso. Más tarde me dijo que nunca más desperdiciaría su compasión en esa mujer.
Ahora se ha hecho el silencio en la casa de al lado. Mi mujer se ha dormido y también mi brazo, que está debajo de su cabeza. Lo retiro despacio y abro y cierro la mano, dudando si despertarla. Me gusta dormir en mi propia cama y no hay suficiente sitio para los dos. Finalmente decido que no va a pasar nada por cambiar de cama una noche.
Me levanto y me pongo a cuidar las plantas, las riego, saco algunas a la ventana y meto otras, podo el cóleo, que se está poniendo demasiado zanquilargo, y dejo los esquejes en un vaso con agua en el alféizar. En la casa de al lado todas las luces están ya apagadas excepto la del dormitorio. Pienso en la vida que llevan y en cómo se prolonga hasta que parece que es la vida que tenían que vivir. La gente está siempre diciendo lo fantástico que es que los seres humanos sean tan adaptables, pero no sé. Un amigo mío que estuvo en la Armada me contó que en Amsterdam, Holanda, hay todo un barrio por el que puedes pasear y desde la calle ves mujeres sentadas en sus cuartos, esperando. Si te gusta una de ellas, simplemente entras y pagas y cierran las cortinas. Esto no es nada especial para la gente que vive en Holanda. En Estambul, Turquía, mi amigo vio a un hombre andando por la calle con un piano de cola sobre las espaldas. Todo el mundo se limitaba a sortearle y seguía su camino. Es espantoso, las cosas a las que nos acostumbramos.
Apago la televisión y me meto en la cama de mi mujer. Las sábanas despiden un olor dulce e intenso. Al principio me marea pero luego me gusta. Me recuerda a las gardenias.
La razón de que no vea el resto de la película es que ya sé cómo va a terminar. Los ciudadanos se matarán unos a otros, probablemente cuando estén a unos tres metros de la legendaria ciudad de oro, y el ciego avanzará dando traspiés, sin saber que ha conseguido regresar a El Dorado.
Yo podría escribir una película mejor que ésa. Mi película trataría de un grupo de exploradores, hombres y mujeres, que dejan atrás sus hogares, sus trabajos y sus familias, todo lo que han conocido. Cruzan el mar y naufragan en la costa de un país que no aparece en sus mapas. Uno de ellos se ahoga. A otro le ataca un animal salvaje y le devora. Pero los demás quieren seguir adelante. Vadean ríos y atraviesan un enorme glaciar con trineos tirados por perros. Tardan meses. En el glaciar se quedan sin comida, y durante un tiempo parece que van a volverse unos contra otros, pero no lo hacen. Finalmente resuelven su problema comiéndose a los perros. Esa es la parte triste de la película.
Al final vemos a los exploradores durmiendo en un prado lleno de flores blancas. Las flores están húmedas de rocío y se pegan a sus cuerpos, pétalos de aguileñas, clemátides, espuelas de caballero, lirios y rudas, que les cubren completamente, volviéndolos blancos, de forma que no se puede distinguir a uno de otro, a los hombres de las mujeres, ni a las mujeres de los hombres. Sale el sol. Se levantan y alzan los brazos, como árboles blancos en una tierra donde nadie ha estado nunca.
 
Publicado originalmente en la revista Antaeus en 1981. In the Carden of the North American Martyrs, 1981. Aquí empieza nuestra historia. Alfaguara, 2010.
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Tobias Jonathan Ansell Wolff nació el 19 de junio de 1945, en Birmingham, Alabama. Es narrador y profesor de escritura creativa estadounidense. Su narrativa se caracteriza por la exploración del terreno personal/biográfico y existencial.
 
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