Viernes de cuentos: EL MEMORIALISTA, de Armonía Somers.

Día en que acabo de medir la estupidez de estas anotaciones diarias…
El memorialista fechó la parte superior de la primera página, llevado más por la costumbre que por el destino final que había decidido dar a su cuaderno, y continuó escribiendo:
Hoy abandoné el lecho a las diez de la mañana. Me vestí sin darme cuenta de mis actos, tragué leche quemada sin saberlo. Siempre se me accidenta la leche, y de ese percance inevitable solo suelo tener plena conciencia la vez que no sucede. O cuando, como hoy, el pequeño depósito carbonizado en una caries se hace presente. Luego tomé un autobús al azar y, así como así, empezó mi vida…
Era un hombre de mediana edad y poca carne encima. Tenía un físico vulgar, de esos que no alcanzan a producir nada, ni siquiera sospechas, como no fuera a excepción de cierto halo de dulzura que parecía flotar en su aire, al extremo de complicarlo en la categoría desgraciada de los tipos buenos.
Sí -continuó-aclaro esto de que así como así empezó mi vida, porque muchos creen que esa vida se inaugura con el nacimiento. Qué error. La vida (también la muerte íntima) está marcada en el minuto x del día x de cada uno. Lo que ocurre para explicar el equívoco habitual es que la mayor parte de la humanidad, o se muere físicamente antes de despejar su incógnita o, por levantar una mísera moneda metida de perfil entre las losas de la acera, deja pasar el instante supremo que le salta por encima del espinazo como en cierto juego de niños. Son los responsables de la idea falsa. Y es debido a ellos que aparece luego en las biografías la fórmula petrificada: Fulano, año mil y tantos, año mil y tantos más. Nadie sino él podrá saber jamás, sin embargo, qué día de los contantes entre las fechas nacería o moriría el hombre. Pero se han atrevido a encerrarlo entre números convencionales como a un camino señalado por mojones. Yo no. Yo no nací en día, mes y año sabido de nadie, ni siquiera por medio de estas memorias, pues pienso destruirlas…
La estilográfica no dio para más. Siempre le ocurrirán al hombre las mismas desgracias, pensó en un rapto de solidaridad alimentando el depósito, que se le acaben la tinta, el amor o la vida en el momento en que más se encuentra atado a sus benditas fuentes…
Y bien -prosiguió-solo me será dado a mí recordarlo: haber visto en tal día lo menos extraordinario del mundo, un afiche de cierto producto vitaminado, especial para niños débiles. Pienso, no puedo dejar de hacerlo, en la infinidad de seres que habrán pasado frente al anuncio, en el inmenso mundo de la reacción individual, desde la indiferencia de la mayoría, a alguna asociación de ideas de los menos, desde la náusea de algún hipersensible a su rápido olvido al llegar a la esquina.
Yo, por mi parte, fui el que debió meditar, no hubiera podido escaparle a mi vicio crónico. La verdad es que durante generaciones y más generaciones del pasado se había vencido por el terror a las criaturas raquíticas mediante la estampa de un hombre cargando un enorme pescado a la espalda. Esa imagen no desaparecerá nunca de la tierra, es tan inmortal como los fiordos escandinavos. Pero los tiempos le fueron evolucionando en las narices, de eso nadie se libra. Entonces, una niña luminosa mirando con deleite el contenido de una cuchara donde desborda la misma cosa, vencerá sin levantar un dedo al pescador forzudo. De tal modo habría aclarado yo con una leyenda la aparición del nuevo afiche, razón por la cual ya estaría expulsado de la oficina de propaganda, y solo a causa de la verdad, como siempre. Porque el asunto, bien mirado, era un engaño. Yo nunca dudaré de que si se traspasasen atávicamente los terrores, mis probables hijos llorarían a la simple vista de un pescado. Tal cosa no tendría por qué ocurrir si me les acercase con una niña rubia en la etiqueta de un frasco.
¿Pero no odiarían después a las niñas rubias toda su vida? Fue, pues, al cabo de esta última reflexión que, por puro celo progenitor, bajé del autobús y retrocedí a sentarme en una plaza a mirar, calle por medio, el anuncio de la vidriera.
Creo haber expresado ya en alguna parte de este diario que siempre que veo una plaza, de cualquier categoría que sea, me siento en ella un par de horas. Y pienso durante todo el tiempo en una isla. Matemáticamente sucede eso. Si me regalaran una isla, llego hasta a decir al que se halla sentado junto a mí, o a la sombra, simplemente, de todos los que estuvieron antes. Si me regalaran una isla, voy repitiendo cada vez con más fuerza mental, como para hacer caer la realidad en mi trampa. Pero una isla que no resultara después vendiéndose en fracciones, una isla como esta rodeada de agua. Y siempre así, con la esperanza de que antes de morir, y a fuerza de tanto desearlo, quizás me caiga alguna. Porque hay tantas por esos mundos ¿no? ¿Y quién no ha esperado algo de una herencia estrafalaria, de un cataclismo que nos cambie de sitio?
Un día el que estaba al lado me preguntó levantando el cigarro consumido que yo había aplastado con el pie: «Diga, ¿y cómo se llamaría su isla, por si acaso?». Le miré con terror y cambié de banco. Una isla sin nombre y sin lugar, y que yo pisaría antes que nadie hubiese inventado en ella la primera mentira, fui mascullando hasta el nuevo sitio, mientras el otro se deleitaba con mi saliva en la colilla húmeda…
*
Y bien: estaba en lo de insistir con el pensamiento de la isla, cuando de pronto, y así, de golpe, se me ocurrió la idea de ir a decirle a la niña rubia que el contenido de la cuchara no era dulce ni sabrocito, que a ella se le iban a poner las mejillas como las rosas si lograba tomarlo, pero que tendría que ser valiente y tragar sin miedo.
Crucé y le hablé. La niña seguía mirándome y sonriendo. Entonces yo pensé: es este vidrio maldito lo que nos separa. Una criatura normal no puede ser tan cándida.
Además, lo principal era el hecho de que le llegase a la oreja lo que yo decía, eso será siempre lo importante en todos los casos, se nos dé o no la guerra que buscamos. Tomé, pues, una distancia conveniente, me agarré de cierta argolla providencial que había a un costado, recordé lo que dice en los aviones respecto a romper el vidrio a puntapiés en casos de emergencia, y pude ya hablarle a la dulce chiquilla sin nada por medio.
Luego no sé muy bien lo que ocurrió. Acudieron muchos al ruido y se me quedaron mirando con un gancho de interrogación cayendo de cada ojo. Yo volví a cruzar sin conceder explicaciones y me senté de nuevo en el banco.
Fue entonces cuando la plaza empezó a girar como un tiovivo. No recordaba haber deseado andar con tanta gente en el remolino. Y, sin embargo, era yo su presa, acababa de caer torpemente en sus redes. Piernas y brazos, faldas y pantalones, ruedas de coches y canteros con flores. No había reparado en una fuente central hasta que no la vi también danzar alrededor mío. Luego ocurrió lo del hombre lleno de botones de metal.
Ese no giraba. Se plantó paralelamente a mi eje, me tomó de un brazo y dijo tener la obligación de llevarme a declarar algo.
Yo soy un tipo tierno, ¿sabían ustedes? Y basta que alguien me toque, simplemente, para que toda mi humanidad tienda a compartirse. Con la mano libre me palpé los bolsillos. Desgracia: no llevaba encima cigarros, goma de mascar, es decir, no podía ofrecerle nada más que mi amor, lo único que corre el riesgo de ser rechazado si uno no se anda con tino y espera que se lo mendiguen.
Comencé, pues, preguntándole por su vida. Él me respondió como mis bolsillos, con la nada. Y ahí empieza a darse lo inexplicable. Porque un hombre puede tener los bolsillos vacíos, pero no logrará jamás ser un individuo sin problemas, sin hijos a quienes extirpar las amígdalas, sin mujer con várices, sin grifos del agua corriente que arreglar con urgencia, o libre de algún negocio que dependa de valores fluctuantes o de la rapacidad de una compañía financiadora.
En último caso, aun teniendo todo eso en buen orden, un tipo común puede estar deseando que alguna mujer le acaricie sin pedirle nada, hasta hacerlo entrar en una especie de sueño hipnótico escindido de todas las desgracias en acecha. Pero esa mujer no existe, es claro. Y si llegara a aparecer, la confundiríamos con un sueño y no cesaríamos de sacudir las orejas hasta espantarla como a una mosca importuna.
A cada una de mis preguntas, el individuo tenía un respingo de nervio tocado a punta de aguja. Pero era su única forma, aunque demasiado pobre, de responder a mis impactos, y yo no podía traducir nada a letra de mensaje. Finalmente -no quiero escribir lo que le pregunté-me soltó el brazo de golpe, se tapó los oídos con ambas manos:
-¡Basta, basta! -gritó con desesperación-. ¿O quiere que reviente aquí mismo por su culpa?
-Perdóneme -le supliqué yo a mi vez, aunque en el más delicado tono confidencial-, ¿empezó a tener como un tiovivo en la cabeza, verdad, lo cercaron mis malditas palabras?
El del uniforme se descubrió los oídos. Entonces fue cuando sentí la necesidad de tomarlo a él del brazo. Era un ser humano como yo, a pesar de no saber expresarse.
Quizás, y también pese a tener el doble de mis botones en la chaqueta, ocultaría un brazo flaco y desamparado bajo la tela como cualquiera. Y una gota de agua cayendo del lavabo podría traerlo loco desde meses. Nunca hay tiempo de adquirir un centenar de esos famosos anillitos de cuero, qué diablos.
En tal punto de mis meditaciones fue donde empezó la curiosidad pública. Un habitante anónimo llevando del brazo a la justicia impuesta ¿no era así? Por aquel simple cambio en el orden establecido pareció que anduvieran paseando al elefante blanco por las calles y eso no sucede a cada rato. Mi preso, al fin, dio en caer también en la cuenta del equívoco, justamente al llegar a la puerta del local -la reconocí por el olor a calabozo y tinta con que bostezaba-y se me desasió con violencia. Luego me miró como a un criminal nato, volvió a atenazarme y me empujó hacia adentro como a un bulto inanimado.
En este punto ya no quisiera continuar escribiendo. Pero lo hago por ser la última vez. Juro que será mi última crónica. Solo así me siento justificado.
*
Y bien: tuve la sensación de que a los que me recibieron allí (eran tres hombres sentados tras una mesa en la que no se sabía dónde acababan los vasos, los restos de cigarros, la máquina de escribir para que empezaran los rostros), los desconcertó sobremanera el hecho de que yo dijera, la verdad. Tenían un deseo loco de oírme mentir, me daban todas las oportunidades para hacerlo.
-Vamos a ver -dijo uno sin dejar de ser los tres y las cosas de la mesa-estaba parado junto a la vidriera y alguien, que se dio luego a la fuga, te empujó sin lástima…
-No, señor.
-¿Y por qué no, pedazo de bruto?
Siempre me había sucedido lo mismo desde mis primeras palabras articuladas, pensé. En cuanto yo falseara la realidad, todos serían halagos para mí, como un premio para la mejor mentira. Un día, recordé dándoles tiempo para que murmurasen, siendo entonces muy niño y habiéndoseme quebrado una frutera se me ocurrió la idea de llevar los despojos al ruedo de la familia y relatar el hecho. Me miraron primero con asombro. A continuación me zurraron, quitándome las ganas de vivir por un tiempo muy largo.
-¿Y entonces qué? -preguntó el siguiente-. ¿O de verdad creerías que la niña del afiche estaba viva?
-¿Y usted piensa que el retrato de Mona Lisa viene oyendo todos los poemas buenos o malos que le recitan?
-¿Mona qué…?
-Cómo… ¿No sabe quién es Mona Lisa y tiene el derecho de interrogarme? –le repliqué audazmente, ya dispuesto a todo.
Uno de los tipos se acercó entonces al inmediato, el que tomaba nota de todo en la máquina, y le dijo al oído algo que pude captar de punta a punta:
-Debe ser epiléptico. En la crisis, rompió el vidrio. Después, por vergüenza, inventa la patraña de la chica y ahora sale con que no era una niña, sino una mona…
Fue entonces cuando decidí nacer, y nacer lo más dolorosamente posible, que es la única forma lícita. Nacer después de haber vivido es algo que no tiene descripción, una especie de torrente nuevo que se viene desde lejos con todo lo cruel, todo lo turbio de la anterior existencia. Yo estaba, por otra parte, en un momento propicio para aquella metamorfosis. Las preguntas y las respuestas, a fuerza de desarmónicas, habían terminado debilitando mi ser, haciéndolo maleable para cualquier cosa.
-¿Puedo sentarme? -pregunté de pronto con un tono de voz que no me pertenecía, como el de un infeliz al que le rondan la miseria que venía tapiando desde años.
Me tiré desvaídamente en una silla, agarré mi cabeza con ambas manos y así los tuve unos minutos esperando mi parto.
Una transpiración copiosa me había invadido el cuello, el rostro ¿Pero qué podían saber ellos de la raíz de dónde brotaba? Nadie, nadie será capaz de comprenderme en este instante, pensé. Lo que yo alumbro ahora es lo que ellos vienen queriendo que saque de adentro mío, cierto: fruteras pegadas con saliva o con la culpa del gato, vitrinas con anuncios milagrosos mientras los niños siguen muriendo de la misma y otras muertes, nombres nuevos para las eternas y voraces polillas de siempre.
Levanté los ojos para investigar el mundo antiguo. Justamente de la espalda de un armario lleno de legajos (para qué guardarlos si nadie hilvanaría la gran novela) salió una mariposa gris hinchada de relatos inéditos.
Uno ve esas pequeñeces con mayor relieve cuando está en agonía, subrayé aún a boca cerrada. Pero dejen que termine de nacer, dejen que acabe limpiamente este fenómeno. Y prometeré ser para siempre lo que ellos quieren, nunca más volveré a decir ni a sentir aquellas cosas de maravilla. Dios mío, me quedo sin mí en tus propias barbas, comencé a orar vida adentro con una religiosidad inusitada, y cómo será vivirlo para siempre. Ah, ya lo sé, le respondí a mi propio misterio. Me acostaré para dormir, sencillamente, o para olvidar las cosas terroríficas de este mundo que nos decapita con sus hachas ciegas. Pero nunca jamás para esperar la isla, ni a mi madre joven y sus ojos azules sin el último miedo…
Todo cumplido ya, pues. Me levanté rígidamente y empecé a llorar la antigua piel que yacía, desinflada de mí, sobre el suelo. Luego también eso acabó. Me puse de pie y los miré con entereza cara a cara.
Ellos vieron complacidamente que había pasado el trance y volvieron a la carga:
-Una declaración sin compromiso, la firma habitual, y ahí está la puerta abierta…
Yo miré aquella puerta con algo de mi antigua desesperación. Cuando se entra de un modo y se sale de otro, recordé haber escrito no sabía cuándo, las puertas son cosas que cobran distintos significados. Uno puede llevar una puerta invisible incrustada en la espalda si alguien se la cerró cierta vez brutalmente. Ellos me daban paso franco. Y, sin embargo, también cargaría yo una puerta trágica en mi historia.
-Perdón -musité entonces con humildad-, yo padezco efectivamente de ese mal hereditario que ustedes sospechaban. Sé que cuando siento el mareo previo debo alejarme de las vitrinas. Pero hoy no tuve tiempo. La cosa frente a la farmacia fue tipo proyectil. Por las consecuencias, se deduce que me arrojó como una descarga eléctrica.
El que escribía a máquina con dos dedos sacaba chispas de las teclas. Luego me hicieron traer un vaso de leche caliente. Por primera vez sentí que la leche no quemada sabía a vaca y a mujer encinta… En medio de todo aquel amor, oí decir que un simple certificado médico me libraría del pago de daños si la vidriera no estuviese asegurada.
Todo quedaba, pues, resuelto a mi favor, y no solo entonces sino, según lo intuí, en adelante.
 
Quid prodest?
 
… Miren, miren cómo arde el montón salido por los años de mí y tantas veces de a pedazos. Y ahora huelan, huelan… El alma que perdimos solo deja en el aire esa estela ordinaria de papel quemado…
 
De Todos los cuentos. Tomo II. Arca, 1967. y en Cuentos completos. Páginas de espuma, 2021.
Armonía Somers. copyright Patricio Salinas A. (EDITORIAL PÁGINAS DE ESPUMA)
 
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