Viernes de cuentos: Notable parecido, de Arno Schmidt.

—Oh, ya lo creo que sabe historias el señor consejero: hasta podría atraer pájaros de los árboles —dijo a tiempo que me miraba, de abajo arriba, desde sus relucientes ojos de vejez.
 
—Sí, sí, Hagemann —intervine yo, diplomáticamente—, pero, ¿serán todas ciertas?
 
Al punto echó los brazos hacia el aire (con sus dos fuertes puños hacia adelante).
 
—Pero, ¿como que no? —lloriqueó evidentemente molesto—. ¡Con todas las cosas que han pasado aquí en estos años!… Y después las complicaciones. Oh, Dios, Dios, si no tuviera yo una cabeza tan firme…
 
Dicho esto se alejó envuelto en una ola de murmuraciones; por mi parte, lleno de curiosidad,regresé a la terraza donde me esperaban. El ex consejero agrimensor Stürenberg estaba ocupado en explicarle al capitán que aun como aficionado podía obtener mapas de una determinada región, mejores que los que generalmente son tenidos por el non plus ultra en esa materia.
 
—Cualquier oficina de catastro se los vende a usted sin ninguna clase de problemas… Creo que sólo a 6 marcos; se trata de los llamados “mapas planimétricos”, en escala de 1:5000, que precisamente traen toda la topografía. Allí tiene usted señalado cada edificio: las casas comunes están diferenciadas de los galpones y demás por medio del sombreado o del lineado; con los nombres de las calles, etc. Realmente es algo muy recomendable.
 
Asintió con un aire de gran conocedor, y enseguida con ayuda de un cortaplumas le dio a su cigarro el corte de rigor.
 
—Claro está que también hay —continuó diciendo— planos en escala mucho mayor, confeccionados según el registro catastral; en los casos necesarios se los completa en un abrir y cerrar de ojos.
 
Una vez que habló así balanceó a un lado y a otro la poderosa cabeza y soltó un suspiro quejumbrosamente evocador.
 
De la parte del mar soplaba perezosamente el viento… En rigor de verdad no podía decirse que “golpeaba”, ya que el mar del aire estaba a la sazón de muy buen talante: se deslizaba deliciosamente sobre nuestras manos y desnudaba los antebrazos.
 
—Ideal para la cosecha —observó el boticario Dettmer con gesto de importancia; y al punto la doctora Waring aseveró lo mismo con aire de propietaria rural (aunque vaya a saber el diablo lo que ella entendía de todo aquello); con todo disimulo Emmeline estiró las piernas (¿una de ellas señalándome directamente a mí?), y mientras con malicia me miraba de pasada, Stürenberg ya había tomado nuevamente la palabra:
 
—Ustedes ya saben que hace 25 años, durante el Tercer Reich, fui jubilado antes de tiempo, y lo digo porque ello está relacionado con el tema de los mapas catastrales mencionados recién. Por esos años yo tenía algunas funciones catastrales bajo mi responsabilidad al Oeste del Ems, y en cierta ocasión que viajaba en auto camino de Meppen, de pronto me veo frente a dos agrimensores trabajando cerca de una villa instalada en un hermoso paraje: uno de ellos ya había armado el trípode; dos ayudantes estaban pintorescamente apoyados en las varas pintadas de rojo y blanco… como es de costumbre. En aquel momento, según recuerdo, no había nada más allí… Mando a Hagemann a que detenga el coche, bajo y me doy a conocer al individuo que estaba mirando por el anteojo largavista. Sin levantar siquiera la cabeza, me dice de mala manera: ¡Siga su camino! Esto ya no me gustó nada. ¡Al fin y al cabo yo era su superior jerárquico! Por lo demás, a cualquier geodesta auténtico y de corazón lo hubiera sublevado la forma en que el anteojo largavista estaba enfocado para cualquier lado apuntando hacia la villa. Ante una formal protesta mía por este detalle profesional, aquél sujeto volvió a decirme en tono amenazador: ¡Le he dicho que siga su camino!, y levantó la cabeza del aparato. Era el suyo un rostro que yo no había visto nunca todavía, y conste que conocía a todos mis empleados, ¡y que me los conocía de memoria! El asunto me inspiró serias sospechas; por lo menos había allí “una usurpación de atribuciones profesionales”. De modo que me adelanté y le exigí que me acompañara hasta el coche, con el propósito de llevarlo al primer puesto policial. Semejante cosa no hizo sino desfigurarle el rostro ya bastante desagradable de por sí. De momento se achicó todo, pero emitió un silbido llamando a sus compinches para el ataque. Todos se lanzaron contra mí, y me hubieran metido la cabeza en el auto si en aquel momento no hubiese intervenido Hagemann. Empezó arrojando de cabeza —en movimiento perfectamente estratégico— al cabecilla de todos ellos dentro de la zanja al costado del camino… llena de barro y porquería, como es lógico. Luego vino en mi ayuda. Para felicidad nuestra los dos restantes se figuraron que tenían que romper sus estacas en la cabeza de Hagemann… y a partir de aquel momento nuestra victoria fue un hecho. Por medio de sus golpes de puño, sus empellones y rechinar de dientes arremetía la cabeza de Hagemann, escudo y arma de ataque a la vez, de manera irresistible; uno de ellos ya había perdido a jirones el saco y la camisa, mientras que la nariz del otro sangraba abundantemente bajo mis golpes. Entretanto del fondo de la zanja pantanosa emergió la hirsuta cabeza del jefecillo. Gritó algunas instrucciones a su gente, tras lo cual los otros comenzaron a retroceder, se lanzaron desordenadamente hacia tres motocicletas ocultas entre la maleza y se dieron a la fuga.
 
Con evidente interés había escuchado el capitán la descripción de la pelea. en una pequeña pausa tomó un buen trago de cogñac, y enseguida Stürenberg continuó diciendo:
 
—Mi primera preocupación fue mirar por el anteojo tan misteriosamente orientado: apuntaba precisamente al centro de cierta casa. Sin pérdida de tiempo corrí allá y requerí la presencia del dueño. Era un hombre alto, desgarbado y seco, de rostro cenizoso por efectos del miedo. Luego que le informé todo lo sucedido me rogó que atravesase la puerta; echó cerrojo a nuestras espaldas y brevemente me comunicó que él era judío que su casa desde dos días atrás estaba vigilada por sujetos de la Gestapo disfrazados a la espera de que uno de sus parientes, buscado desde hacía mucho tiempo, llegase a esconderse a esa casa; ¡luego los “llevarían” a los dos! tan pronto como se enteró de que sus vigías habían sido puestos en fuga, con toda clase de instancias me rogó —temblando todo el cuerpo, pobre hombre; y con razón, porque en ello “le iba la vida”— me rogó que lo llevara en mi auto hasta la próxima frontera con Holanda. Cuando le dije que lo haría corrió escaleras arriba y no tardó en volver con una “valijita hecha a la ligera” y preparada desde hacía bastante tiempo.
 
“El capitán —no directamente antisemita, pero sí educado en la obediencia a toda ley, por estúpida y efímera que fuera— refunfuñó con alguna inquietud, mientras que el bueno de Dettmer mostraba su complacencia y satisfacción.
 
“Hacia aquella dirección íbamos que nos llevaba el mismo diablo. A mi lado él no dejaba un minuto de parlotear, enfermizamente nervioso; lleno de temores señaló al pasar un lejano espantapájaros que se veía en el campo (pero de una manera que hasta yo mismo me incliné a mirar alarmado); las manos le temblaban… y es comprensible. A toda velocidad avanzábamos hacia la frontera. Se sonrió de una forma conmovedora, al despedirse. Se aleja, logra pasar, hace una seña… nunca olvidaré la forma extática en que levantó los brazos al cielo una vez que pisó tierra holandesa. Pensativo, emprendí el regreso a través de la llanura y… el motor bramaba…
 
“Una vez en Meppen, mientras comentábamos con el director de la oficina de catastro aquel extraño caso, repentinamente la calle se llenó de ruido de motores; de cuatro coches negros bajaron unos 20 hombres de la SS e inmediatamente se apostaron en las entradas y salidas del edificio. ¡Tuve que acompañarlos! Claro está, Hagemann vino también. En el interrogatorio que tuvo lugar a continuación, lo que resultó especialmente ‘grave’ fue que yo no tenía encima el registro de conductor (cosa que me pasaba por primera vez en mi vida); sin embargo, un par de días después nos soltaron, ya que pudimos probar nuestra relativa inocencia en la escena de la gran paliza, y en lo que hace a mi ayuda en la fuga de aquel otro desgraciado no se tenía la menor sospecha. Sea como fuere, no tardaron en dejar mi cargo ‘en disponibilidad’, y al poco tiempo me jubilaron de oficio. Todas las gestiones de mis superiores jerárquicos de nada sirvieron.”
 
Dicho esto arqueó pronunciadamente las cejas y ante la evocación de aquellos hechos carraspeó algunas blasfemias.
 
—Lo más deprimente para mí fue que en aquellos días leí en el diario la noticia de la muerte de aquel médico judío, que era el hombre de mi relato. Como ya no había nada que hacer, compré una corona de flores, me trasladé a su casa y la deposité sobre el ataúd todavía abierto. La capilla ardiente había sido instalada en su propia villa, y él estaba allí, largo como era y seco de carnes; de modo que, por lo visto, los esbirros habían pasado la frontera para ir a buscarlo.
 
Dettmer y la tía emitieron un emocionado “ps…”. El capitán echo un buen trago y Emmeline se acomodó la pollera, revoltosamente, hacia arriba (lo que hubiera querido hacer es haberla sacado del todo y zambullirse en el agua); pero Stürenberg chupeteaba implacablemente su habano:
 
—Lo curioso fue que 14 días después recibí de Inglaterra una carta certificada, con entusiastas frases de agradecimiento del médico judío… y, además, mi registro de conductor. Me explicaba que no había tenido más remedio que tomarlo de la guantera durante el viaje. El registro le había servido para pasar sin ninguna clase de problemas la frontera. Desde aquel momento no ha dejado de escribirme, y siempre con las mayores muestras de gratitud. Actualmente vive en los Estados Unidos de América y tiene el propósito de hacerme una visita el año que viene.
 
—Está bien, sí —intervino, perplejo, el boticario—; estoy pensando que usted dijo que lo había visto dentro del ataúd…
 
También nosotros agregamos nuestras manifestaciones de perplejidad y nos quedamos mirando al narrador. Stürenberg sencillamente se encogió de hombros.
 
—¿Qué diablos sé yo de policías secretos? —dijo con alguna reserva—. Probablemente el jefe de la SS, que como era corriente entonces respondería “con su cabeza” del buen resultado de su misión, puso todo su contingente a la tarea. Probablemente encontró a alguien de notable parecido…
 
Y diciendo esto abrió las manos y se puso aparatosamente de pie.
 
—Sí, pero —carraspeó el capitán, muy sorprendido.
 
—Sí, sí, pero —repitió la tía con satisfacción.
 
“Claro, pero…”, pensábamos el boticario y yo, a juzgar por la expresión de nuestras caras.
 
Tan sólo Emmeline parecía estar completamente de acuerdo con el desenlace de la historia, o acaso lo estaba simplemente porque la historia había concluido.
 
De Meteoro de verano, 1976.
 
Arno Schmidt (Hamburgo, 18 de enero de 1914 – Celle, 3 de junio de 1979), fue un escritor y traductor alemán.
Fue un individualista, ateo y solipsista convencido y estricto. Su negativismo procedía de la experiencia alemana del Tercer Reich y sus terribles consecuencias. Su estilo sigue una línea uniforme adaptada al lenguaje coloquial. Desarrolló una ortografía particular con la que pretendía mostrar el verdadero significado de las palabras hasta desarrollar una teoría atomista de las mismas.
 
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